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¿Quiénes deben educar la sexualidad de niñas y niños?
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Fragmento del libro "La Educación Sexual de Niñas y Niños de 6 a 12 años"
publicado por el Ministerio de Educación y Ciencia de España

 

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Siempre transmitimos actitudes hacia la sexualidad

Cualquier persona adulta, en la medida que mantiene una relación significativa con una niña o un niño, le enseña sexualidad a través de cómo establece ese vínculo. Los gestos que usa y los que no usa, las palabras que dice y las que no dice, las muestras de afecto que expresa y las que no expresa, transmiten su forma de sentir y entender la sexualidad.

En la relación, queramos o no queramos, ponemos en juego, con mayor o menor acierto, sentimientos, conocimientos, deseos o inquietudes. Sin embargo, a veces, no se da suficiente valor a lo que ocurre en la propia relación, como si ésta no fuera en sí misma una fuente fundamental e inagotable de aprendizaje.

Frente a lo que pasa en la educación infantil, las prácticas docentes llevadas a cabo en la educación primaria tienden a prestar menor atención al intercambio singular con cada niña o niño para poner un mayor acento a la transmisión generalizada de mensajes y contenidos. Y esto suele agudizarse a medida que las criaturas crecen. Pero ellas siguen ahí, empapándose con todo lo que se les dice y no se les dice, con todo lo que ven hacer y no hacer.

En el ámbito familiar, esta escisión no se da de un modo tan drástico. Es raro, sobre todo en el caso de las madres, que se deje de prestar una especial atención al momento vital de cada niña y cada niño, a sus intereses, deseos, necesidades, sentimientos, etc. Y también, a cómo la relación que establecen con sus hijos e hijas afecta a su crecimiento y desarrollo.

 

¿Familia o escuela?

Una parte significativa del profesorado considera que el lugar idóneo para tratar los afectos y la sexualidad es la casa, no la escuela. A veces, cuando una maestra o un maestro prestan atención a la relación, a los afectos y a los deseos de su alumnado, hay quienes dicen, en tono despectivo: ‘¡pareces una madre!’. Como si esa atención que presta gran parte de las madres a sus hijas e hijos no fuera necesaria también en la escuela o en cualquier otro lugar donde una persona adulta se relacione con menores.

Asimismo, no podemos olvidar que las niñas y los niños son seres sexuados y, por tanto, llevan su sexualidad allí donde vayan. Tratarles como si sus afectos, su cuerpo, sus sentimientos y sus deseos pudieran no estar presentes en la escuela o en cualquier otro lugar, es intentar parcelar su experiencia vital, acentuar la idea de que la sexualidad debe mantenerse callada y oculta y, por tanto, considerarla como algo conflictivo o negativo.

Por todo ello, hay maestras y maestros de educación primaria que, al tomar conciencia de ello, optan por continuar con el legado de la educación infantil donde habitualmente se tratan a las criaturas como un todo, sin escindir sus sentimientos de su pensamiento, ni su cuerpo de su mente.

A veces, son las propias familias las que no quieren que se aborde la sexualidad en los otros ámbitos educativos. Y, a modo de ‘pescadilla que se muerde la cola’, algunos maestros y maestras temen abordarla de forma explícita y clara por miedo a su reacción. Una profesora ha decidido tratar de forma específica la sexualidad en el último trimestre de sexto curso de primaria, cuando a su alumnado le queda poco para abandonar la escuela y, por tanto, es un momento en el que el conflicto con las familias tendrá menores consecuencias.

Un niño de 6 años insulta a una niña negra diciéndole: ‘vienes del país de los monos’. Su monitor le pregunta si sabe de dónde vienen los niños y las niñas. Con esta pregunta, este hombre quería iniciar una conversación que sirviera para explicar que el ser humano viene del mono. Pero el niño respondió: ¡A los niños y a las niñas les traen las palomas! El monitor se calló y no dijo la verdad por miedo a desmentir lo que le habían dicho en casa.

Esta situación es un buen pretexto para iniciar un diálogo con esa familia en el cual, educadoras y educadores, padres y madres, puedan expresar sus miedos. En este caso, el educador les puede decir, sin humillar ni regañar ni imponer nada, que no se siente bien mintiéndole al niño, porque sabe que éste, más tarde o más temprano, escuchará otro tipo de información y se sentirá defraudado con lo que le han dicho sus mayores.

Asimismo, podrá contarles que, en su experiencia, cuando un niño descubre cuál es su propio origen, además de sentirse más cómplice con quienes le rodean, sean del color que sean, se siente más cerca de su propia familia. Tal vez, de este modo, la madre y/o el padre acepten su mediación para transmitir esta información que, probablemente, ni él ni ella saben muy bien como abordarla.

 

¿Mujer u hombre?

¿Puede una mujer educar la sexualidad de un niño? ¿Puede un hombre educar la sexualidad de una niña? ¿Es el sexo un factor determinante? ¿Dónde están los límites?

Tanto unas como otros pueden abordar la sexualidad tanto con niñas como con niños. Esto no quiere decir que da lo mismo ser un hombre o una mujer para hacer educación sexual, sino que el sexo de una persona le permite establecer relaciones de semejanza con las criaturas de su mismo sexo y de diferencia con las del otro sexo, y ambas posibilidades son enriquecedoras.

Ser mujer
El hecho de ser mujer hace que una educadora esté más cerca de la experiencia de las niñas. A veces, esto da lugar a un lazo especial de ‘mujer a mujer’, una complicidad diferente, una capacidad para anticiparse a lo que siente y piensa la niña en relación a su sexualidad. Esto es así porque ambas tienen un cuerpo de mujer.

Para una niña, los modos en que las mujeres expresan su sexualidad son referentes muy significativos.

Así, por ejemplo, una mujer que está a gusto con su propio cuerpo, es feliz con su sexualidad, vive una afectividad rica y sana, enseña a una niña que es posible ser mujer y vivir la sexualidad de este modo. Pero nada de esto supone grandes obstáculos para que una mujer pueda abordar la sexualidad con los niños. Pertenecer al sexo femenino no significa desconocer cómo evoluciona y se manifiesta la sexualidad masculina, aunque no se viva esta experiencia en la propia piel.

Un niño de 6 años descubrió que su pene se ponía erecto y, asustado, le preguntó a su madre: ¿qué me pasa? Pero ésta se cohibió porque pensaba que esto no se lo podía explicar una mujer. Pero, cuando su educadora supo que este niño tenía esta inquietud, le dijo: ¡esto te pasa cuando estás contento o emocionado por algo! Y él se tranquilizó.

Una relación abierta y profunda con sus madres, maestras y educadoras ayuda a los niños a empatizar con lo que quieren, sienten y buscan las mujeres, cada una a su manera, en sus relaciones afectivas. Aunque esto no siempre es fácil. Algunas educadoras plantean que cuando los niños muestran actitudes violentas o poco respetuosas hacia las niñas, ellas también se sienten agredidas y les cuesta tomar la distancia necesaria para aceptar que esta actitud no muestra todo lo que estos niños realmente son y sienten. Esta es una situación clara que nos muestra que no da lo mismo ser educador que educadora.

Ser hombre
Del mismo modo que ocurre entre mujeres, la semejanza que existe entre un hombre y un niño hace que entre ellos pueda darse una complicidad especial, y que las formas en las que los hombres expresan su sexualidad sean referentes fundamentales para los niños.

En este momento histórico, son cada vez más los hombres que, dando un sentido libre a su masculinidad, se relacionan de un modo más cercano y afectivo con las criaturas. Frente a otros tiempos, es cada vez más frecuente que los hombres se interesen por la afectividad de sus hijos, hijas, alumnos y alumnas y que se atrevan a expresar sus sentimientos y su vulnerabilidad, creando unas relaciones afectivas en las que los niños se sienten autorizados para expresar lo que sienten libremente.

La presencia de un monitor dulce, sensible y coqueto en una actividad de tiempo libre produce extrañeza en los niños, sienten que él no es un hombre normal. Algunos se ríen de él, no le toman en serio e incluso lo rechazan. Pero, otros niños muestran curiosidad y buscan en él un referente para sacar a la luz algunas facetas suyas que tienen ocultas. Las niñas también se muestran extrañadas, algunas sienten cierto rechazo, pero, la gran mayoría, agradecen muchísimo la presencia de un monitor cercano, sensible y que es capaz de reconocerlas.

Junto a esto, aún hoy en día, existen maestros, educadores y/o padres que cohíben, con sus actitudes, las muestras de afecto de los niños. Por ejemplo, regañándoles cuando lloran o despreciando sus ganas de abrazar o besar a su maestro, como si estas no fueran formas adecuadas de actuar para un hombre. Cuando esto ocurre, a los niños se les restringen las posibilidades de expresar su masculinidad.

Asimismo, con más frecuencia de la deseada, muchos niños siguen creciendo sin un padre o un maestro que se muestre preocupado por lo que le pasa cotidianamente, sin un hombre que se relacione con él escuchando y compartiendo su experiencia. Esta ausencia masculina refuerza simbólicamente ese estereotipo de masculinidad que considera que la educación y los afectos no son cosa de hombres. Esta ausencia afecta también a las niñas porque se les quita la oportunidad de aprender de y con hombres.

Esto da lugar a que algunos de estos niños y niñas crezcan idealizando a los hombres, sin conocer realmente lo que ellos viven y sienten, tomando como referente el estereotipo y no las diferentes maneras que realmente existen de ser hombre.

Los padres y los profesores enseñan a sus hijos y alumnos y, de otra manera, a sus hijas y alumnas, no sólo con cómo se relacionan con otros hombres, sino también con su manera de dirigirse a las mujeres. Por ejemplo, con cómo hablan y valoran las actividades e intereses de su esposa, de su compañera de trabajo o de las mujeres en general.

 

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